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El pintor impresionista Claude Monet (1840-1926) creó en su casa de Giverny, en Francia, un jardín espectacular con centenares de flores, nenúfares y árboles que reflejó en sus cuadros.

Los iris despliegan sus tonos amarillos, las petunias y anémonas se mezclan en una cascada de rosas intensos; gencianas, narcisos y margaritas puntean con su colorido los arriates verdes. Dalias, capuchinas y glicinias azules crecen en un recinto espectacular por el que se pierden los visitantes en un otoño todavía caluroso. El jardín de la casa de Giverny, en Francia, donde el pintor Claude Monet vivió más de cuarenta años, es su cuadro más bello y el mejor conservado, que cambia de colorido con las estaciones, como él deseaba. "No hago más que mirar lo que me enseña el universo y mostrarlo a través de mi pincel", decía a quien le señalaba su desmedida afición a la jardinería.

La amistad de un adolescente Monet con el pintor Eugène Boudin fue clave para su dedicación posterior a la pintura y a los jardines. Boudin pintaba siempre al aire libre, en una época en que todos los artistas plasmaban en sus estudios lo que habían visto antes en el exterior. "Poco a poco, -escribió Monet-  se fueron abriendo mis ojos, comprendía realmente la naturaleza y, al mismo tiempo, empecé a amarla". En 1866 pinta el jardín de la casa familiar en Sainte-Adresse, en Normandía. Los jardines en flor le atraen por su colorido, el estallido de las plantas y su iluminación. Pinta sombras en color y reproduce las flores con absoluta libertad.

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